lunes, 25 de diciembre de 2017

En busca de La Paisana Jacinta

La Paisana Jacinta: En Búsqueda de Wasaberto (2017) de Adolfo Aguilar y guion de Adán Blanco y Sandro Ventura basa su atractivo en un recurso habitual del cine nacional: apelar a un artista o personaje con arraigo popular antes que a una historia eficiente y entretenida. Entre los ejemplos más cercanos se nos vienen a la mente las cintas de Miguel Barraza, Pablo Villanueva (Melcochita), Carlos Vílchez y las protagonizadas en mayor o menor medida por Carlos Alcántara y los ex Pataclaun.

En este caso, Jorge Benavidez (JB) interpreta a su conocido personaje televisivo la Paisana Jacinta. Como en otras cintas, la historia es solo una excusa para dar lugar al repertorio que el público conoce y disfruta de este comediante. El problema surge conforme pasan los primeros minutos: lo que parece al menos una aventura de la Paisana Jacinta con mayor calidad visual y narrativa (musical con paisaje andino incluido) cae en la medianía, los clichés y el simplismo habitual de los programas cómicos de la televisión nacional.

La expectativa de una historia algo más compleja, mejores actuaciones y un personaje central divertido se diluye en un relato que pierde interés, se aletarga y se resuelve de forma intrascendente. En el mejor de los casos estamos frente a un capítulo televisivo alargado a la fuerza y visto en pantalla grande.

Solo por contraste, la sierra peruana, con su colorido y encanto rústico, aporta novedad a lo que luego son los típicos escenarios y recursos del formato televisivo. Hay que reconocer que Jorge Benavides da a su personaje cierta emotividad (y habrá quienes incluso digan ternura) en un par de secuencias, lo que genera empatía, pero eso es todo.

Las limitaciones surgen de un lado por la misma Paisana Jacinta, a la que cuesta habituarse en los primeros minutos (para quienes no hemos sido aficionados a esta) por lo obvio de la prótesis y el disfraz, un detalle que contrasta aún más en el musical de apertura. Y es que a nuestro parecer, el personaje no es simpático ni gracioso en lo visual. Es a lo largo de las diferentes secuencias cómicas que este empieza a tomar forma como protagonista.
La cinta replica los recursos y limitaciones de la comedia televisiva.
El humor de gestos exagerados, el físico y de golpes, el pícaro y de doble sentido o de la humorada con frases groseras han sido parte de las caracterizaciones de Jorge Benavides, surgidas para un público más bien adulto. Sin embargo, la Paisana Jacinta, grotesca y caricaturesca al extremo, saltó incluso a un público infantil encantado por sus muecas y correrías que pasaban por el gag y el porrazo. Pero eso no basta cuando se trata de convertir una anécdota de quince o veinte minutos en una historia de hora y media de duración.

La cinta reúne algunos momentos simpáticos, como la secuencia del avión o la del retrato hablado de Wasaberto, y guiños al espectador con la aparición de personalidades, entre ellas la del propio JB o el director, que aportan alguna cuota de gracia según sus propias ilimitaciones. Lo paradójico es que Adolfo Aguilar tenía entre su reparto a cómicos versátiles como Alfredo Benavides, Carlos Vílchez y Job Mansilla que hubiesen podido ser mejor aprovechados. Pero el guion, en su afán de adecuar a la Paisana Jacinta a un público familiar, termina por ser prácticamente de un nivel interpretativo y narrativo infantil.

¿Le pedimos mucho a la Paisana Jacinta? Tal vez, pero los miles de espectadores que fueron al cine en busca del humor, la irreverencia o la simpatía del personaje de JB quizás se merecían algo mejor que esta medianía reiterada de nuestro cine nacional.

domingo, 19 de febrero de 2017

Dr. Strange o la clave del conjuro perfecto

 
Es cierto que una crítica de Dr. Strange a estas alturas podría considerarse algo desfasada. Pero es una buena excusa para analizar un formato que le ha traído éxitos a la dupla Disney-Marvel. La película de Dr. Strange está construida sobre una serie de clichés del género de superhéroes, pero es lo suficientemente ágil para entretener al espectador.  

El viaje astral del Dr. Strange recuerda el estilo visual del cómic.

Si nos centramos en las recientes películas que sirvieron como presentación  de un personaje de Marvel, Dr. Strange se ubica por debajo de Iroman (2008) y Capitán América (2011), se equipara a lo visto en Thor (2011) y está por encima de Ant-Man (2015). Y decimos que está por encima de Ant-Man solo por lucir más recursos de producción y una historia ligeramente más ambiciosa.
 
La película protagonizada por Benedict Cumberbatch (Dr. Strange) combina dosis de humor y acción con un conjunto de efectos especiales cuyo mayor atractivo es el viaje astral de Dr. Strange (un homenaje al estilo gráfico del cómic) durante su primer encuentro con El Anciano (Tilda Swinton).
 
Dr. Strange hace uso de los recursos de las series televisivas.
Disney-Marvel repite una vez más el estilo ligero que tan bien conocen directores como Joss Whedon (la saga de Avengers) y los hermanos Russo (la segunda y tercera entrega del Capitán América). Por eso el personaje de Dr. Strange parece al inicio combinar el desenfado presuntuoso del Tony Stark de Robert Downey Jr. con la acritud racional del Dr. House de Hugh Laurie.

Antes que los elementos habituales del género, es  el paso del doctor exitoso al aprendiz de brujo lo más interesante. La clave está en Benedict Cumberbatch que tiene el carisma y el talento suficientes para hacer simpático a su personaje, tal como lo hace con su versión de Sherlock Holmes (en una serie que ya va por su sétima temporada).

¿Y dónde está el famoso conjuro perfecto del título? Pues en la escena poscréditos entre Dr. Strange y Thor que sirve de enlace con Thor: Rangaranok (2017). Allí está la mayor fortaleza de Disney-Marvel: la capacidad para enlazar personajes e historias de su saga fílmica de superhéroes. Este detalle da un valor adicional a cintas de resultado irregular, pero que unidas y relacionadas entre sí generan la sensación de estar ante una historia mayor. Por supuesto, nos referimos a Avengers: Infinity War.
 
 

 


 

viernes, 17 de febrero de 2017

La la Land: La nostalgia del musical


La La Land es una historia menor, una historia conocida, pero decorada con una estilizada coreografía que apela al musical, al glamour y a los recursos de un cine de antaño.
 
Ese es su mayor mérito.
 
Su escena inicial (con la canción y el baile en mitad de un atolladero de autos) es tal vez la más floja y la premisa de los dos jóvenes artistas que buscan alcanzar sus sueños es solo un detalle anexo que se sostiene por el carisma de los dos protagonistas centrales. 
 
Hay una serie de recursos narrativos y visuales que son gratos porque son efectivos, al punto de que llegan a emocionar.
 
Es un ejercicio fílmico correcto que funciona en lo visual pero que no alcanza una connotación mayor porque la historia no se arriesga a profundizar en los personajes ni nos muestra ese mundo maravilloso que solo se vislumbra en las escenas coreografiadas.
 
Es seguro que un cinéfilo con un vasto conocimiento disfrutará de todas las referencias fílmicas y guiños que ofrece esta cinta.
 
En la cinta, Ryan Gosling y Emma Stone tienen carisma y frescura.
Y es seguro que la Academia celebrará este homenaje al cine glamoroso del Hollywood de los cincuenta con varios premios (aunque  la cinta también tome inspiración  en el cine europeo).

Por eso La La Land funciona muy bien cuando se disfraza de aquella época y se aleja del entorno cotidiano. Por eso hay algo de artificial en la mayor parte de la puesta de escena (la cinta en sí misma en una metáfora). Y por eso es siempre algo cotidiano (como el sonido de un celular) lo que quiebra los momentos de fantasía.
 
Es una cinta "simpática" con algunas escenas para el recuerdo y que le dejan a uno las ganas de volver a ver los clásicos musicales de un Hollywood que tenía antes más candor.